El comienzo del vínculo
Desde niña sentí una fascinación profunda por las joyas. No era solo por su brillo o su forma, sino por lo que representaban. Recuerdo con claridad los momentos en que mi abuela abría su gran joyero: lo hacía con un gesto casi ceremonial, como quien abre un pequeño cofre de historias. Me mostraba cada pieza, me enseñaba los nombres de las piedras, me contaba de dónde venían, a quién habían pertenecido. Fue en esos momentos que comencé a entender que una joya no es solo un objeto: es memoria, es vínculo, es emoción.
Con el tiempo, esas experiencias se volvieron parte de mi propia historia. En cada cumpleaños o celebración especial, mi abuela tenía una joya esperándome. Más que un regalo, era un gesto de amor que yo esperaba con ilusión. Así fui comprendiendo el lenguaje simbólico de las joyas: cómo una pieza puede capturar un instante, una relación, un deseo.
Mi conexión con este mundo no fue casual. Mi padre también diseñó joyas como hobby, mi abuela lo hizo por pasión, y mi abuelo trabajaba con cristales. Siempre estuve cerca del taller, de lo artesanal, de lo hecho con las manos y con el alma.
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